El lado oscuro de la victimización – Personalidades de víctima II

Actualizado: feb 28

Cuando una persona ha sido víctima de otros puede terminar desarrollando una adicción al drama o una necesidad de validación patológica.



Siguiendo la línea comenzada por la primera entrada sobre victimización, aquí vamos a hablar de otras características típicas de víctimas, que no son todos los deseables que uno querría.


En la primera entrada hablamos más de características que alejaban a la víctima de la imagen de persona indefensa que normalmente se nos presenta. Aquí vamos a hablar más de rasgos que dificultan el tratamiento o la relación con estas personas.


Vamos a comprobar que muchos de los comportamientos de las víctimas son alentados por una sociedad que parece tener un interés particular en fabricar víctimas. Sin que nada de esto signifique que queramos restarle responsabilidad a la propia víctima. Si algo deseamos aquí, es justamente instilar el sentido de la responsabilidad sobre los propios actos que todos deberíamos tener de forma natural.


Ya hemos hablado en muchos podcasts de cómo el cerebro de las personas traumatizadas acaba sufriendo de una infantilización extrema en muchos casos. Los procesos naturales de maduración de los seres humanos parecen quedar detenidos cuando una persona sufre una o varias experiencias que lo llevan al trauma.


Esta falta de maduración es la base de los comportamientos que vamos a explicar aquí hoy. De hecho, casi todos los comportamientos que voy a explicar aquí están vinculados unos a otros, y son muy típicos de personas que explotan su rol de víctima hasta el absurdo, y que lo hacen porque aún tienen cerebros de niños que no les permiten razonar como los adultos que son en realidad.



Ya hemos explicado cómo estos cerebros traumatizados tienen una tendencia también muy importante a generar adicciones. También sabemos que los seres humanos somos capaces de generar adicciones a prácticamente cualquier cosa.


En el caso de las personas traumatizadas es muy común que se vuelvan adictas a las emociones. Vemos mucho entre víctimas que tienen una gran afición al teatro, es decir, a hacer teatro. La víctima es, de hecho, un actor en potencia. No es casualidad que encontremos a tanta gente traumatizada entre los artistas, actores y cantantes. Esto lleva a lo que yo llamo la adicción al drama, porque no hablamos ya de un intento de generar compasión en el interlocutor, sino que hablamos de una auténtica adicción a una emoción concreta que es la que genera el drama.


Esto hace que estas personas se vean mucho más atraídas a las situaciones de vida que les generan emociones negativas. En general, se vincula mucho, y se ven muy atraídas por los hechos dramáticos de la vida, y tienen una tendencia a la exageración. Son de lágrima fácil, y si no consiguen que les salgan las lágrimas, por lo menos lo simularán. Las vemos en los hospitales con cara de compungidas cuando un familiar se enferma, con el pañuelo en la mano, enjugándose unas lágrimas inexistentes.


Pero al margen de estas actrices, la adicción al drama es real y actúa como una adicción cualquiera. Encontramos a personas que sin necesidad de ser dramáticas o teatrales, se ven empujadas a buscar experiencias que les generen la emoción del drama como el fumador va buscando su cigarrillo. Al igual que con cualquier otra adicción, una persona no se puede ver libre de esto hasta que se dé cuenta de que aquello es una adicción y se decida a terminar con ella.



Luego vemos otro tipo de víctimas que también tienen adicción al drama, y a las que les gusta también explotar mucho su rol de víctima, pero que, a diferencia de muchas otras, sí están dispuestas a hacer una terapia, aparentemente para cambiar. Sólo cuando llevas un tiempo con ellas en consulta te das cuenta de que en realidad no tienen ninguna intención de cambiar su situación.


Con estas mujeres, es difícil hacer que se concentren en algo, generan diálogos de besugos continuamente, no siguen las instrucciones y te interrumpen para hacer preguntas irrelevantes y llevar tu atención hacia su mundo emocional. Todo ello con la intención de que les refuerces la victimización y les valides en su rol de víctima.


En el contexto de los abusos sexuales son víctimas que vuelven una y otra vez a preguntar las mismas cosas, aunque ya les haya estado explicaciones extensas sobre todas esas cuestiones. Interrumpen una sesión en la que quizás estamos llegando a un punto interesante de su trauma para preguntarte de nuevo, por enésima vez, ¿pero por qué lo hacen? Suelen elegir el tipo de preguntas que tienen difícil respuesta, pero, aunque les des una respuesta convincente, en la siguiente consulta volverán a preguntarte exactamente lo mismo. Con este tipo de víctimas se trata todo el rato de ir dando vueltas en torno a sus emociones, a su necesidad de drama, para no avanzar jamás. No tienen intención de cambiar ni de mejorar.


Hacer una terapia seria y mejorar su estado mental y emocional significaría que se acabaría el drama; Eso las sacaría radicalmente del centro del escenario y dejarían de ser las actrices principales en el teatro de su vida. Si hacen terapia es sólo porque van buscando un refuerzo del terapeuta, algo que desgraciadamente encuentran demasiado a menudo.


Luego tenemos la competición absurda en la que muchas víctimas entran. No es extraño encontrar a unas mujeres compitiendo con otras, es una de las actividades en las que millones de mujeres del mundo invierten más tiempo en sus vidas. Ahora bien, cuando hablamos de víctimas, este comportamiento aumenta exponencialmente y se exagera y se convierte en algo casi obsesivo. Es muy ridículo ver a dos víctimas compitiendo entre ellas para ver cuál de las dos ha

sufrido más a manos de su victimario. Es una de las razones por las que no aconsejo ni fomento los grupos de ayuda mutua para víctimas. Los grupos de ayuda suelen ser lugares en los que se remueve mucho lo que cada uno lleva dentro pero no se resuelve nada. Por otro lado, las

víctimas no son personas que se distingan por su capacidad de escucha. Por todo lo que estamos diciendo aquí, se entiende que, muy al contrario, son personas que necesitan ser escuchadas y que te exigen que las escuches. La mayoría no tienen ninguna intención de escuchar las historias de otras. Por eso los grupos de ayuda muchas veces no sólo no tienen sentido, sino que acaban siendo un revuelto en donde todo el mundo habla y nadie escucha. No es raro que estas reuniones acaben muchas veces en semi disputas entre víctimas porque una de ellas insiste en quedar por encima en el grado de victimización que ha sufrido.


Para una persona normal, víctima o no, debatir, y mucho menos discutir, sobre si otra ha sido más víctima que tú, es tan absurdo como presumir de haber sido violada. Para cualquier persona medianamente inteligente no tiene ningún sentido. Se me ocurren montones de cosas por las que cualquier persona podría estar orgulloso y con ganas de presumir, pero ninguna de ellas tiene nada que ver con haber sufrido violencias a manos de otros. Sólo cierto tipo de víctima es capaz de entrar en debates exagerando o incluso mintiendo sobre sus secuelas, para quedar por encima de otras víctimas; que otros sientan que ella ha sido la mayor víctima de todas, la que más ha sufrido, sobre la cual han caído los peores males de la humanidad. Tal es su empeño en llevarse el premio a la más víctima de todas, que no duda en interrumpir el relato de cualquier otra, o en mentir de forma descarada, inventándose hechos que nunca ocurrieron.


Muchas de estas víctimas terminan siendo las clientes ideales de la farmacéutica y de la mafia médica. Muchas veces son personas que no hacen la vinculación entre sus enfermedades físicas y sus problemas psicológicos. Muchas encuentran en la medicina el aliado perfecto para explotar su rol de víctima. Son mujeres sobre todo que pasan su vida en los hospitales aquejadas de enfermedades que nadie más tiene. Se han creído de verdad que lo suyo no tiene remedio, que su enfermedad es más grave que ninguna en el mundo, y que necesitan un tratamiento especial.


Los médicos avispados aquí aprovecharán para recetar medicamentos muy caros (de los que se llevan una buena comisión) que la persona no necesita. O para recomendar tratamientos especiales que ellos pueden realizar en sus clínicas privadas, que no cubre la Seguridad Social y que les aportarán a ellos grandes ingresos. Sin darse cuenta, estas mujeres terminan siendo carnaza para la mafia médica y las farmacéuticas, pero eso ellas no les importa mucho.


Digamos que los médicos aprovechados y las mujeres que explotan su rol de víctima son la pareja perfecta y encajan a la perfección los unos con las otras. Ellos ganan dinero y ellas tienen la oportunidad de presumir de tener una enfermedad que nadie más tiene y de necesitar un tratamiento que nadie más se ha hecho antes que ellas. Difícil imaginar una situación más ventajosa para una mujer que necesita llamar la atención de alguna forma y que ha elegido para ello la enfermedad.


Puedes escuchar el podcast vinculado a esta entrada aquí.

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