Las mujeres y el divorcio

Lejos de ser la panacea capaz de resolver los problemas de las mujeres, el divorcio solo ha servido para acentuar el conflicto con los hombres.



El divorcio y la separación se nos vendió a las mujeres modernas como la solución a nuestros problemas. Treinta años después, observando la vida de millones de mujeres divorciadas, uno solo puede concluir que el divorcio se puede entender como solución de nada, y que más que solucionar, ha añadido un grado de complejidad a la vida de las mujeres, que en realidad no necesitábamos.

La sociedad no nos ha ofrecido un modelo educativo mediante el cual sea posible aprender a relacionarnos unos con otros. No aprendemos en ningún lugar a pensar por nosotros mismos, a desarrollar nuestro pensamiento crítico y mucho menos la habilidad de remediar conflictos. La mayoría de las personas no cuentan con las capacidades necesarias para resolver adversidades, siendo que esto deberíamos aprenderlo en la escuela. Si en verdad la educación que nos es brindada fuera de calidad nos debería enseñar estas habilidades desde una temprana edad dado que, si lo pensamos fríamente, esta es la base para la supervivencia en el planeta.

Tampoco la sociedad nos ofrece las herramientas necesarias para tratar nuestros problemas psicológicos y emocionales, pues la psicología moderna no está a la altura para atender los síntomas que produce un estilo de vida moderno, en el que las personas se topan con dificultades diariamente; en concreto no está a la altura del trauma. Podría decirse que el trauma forma parte de la vida humana y, sin embargo, son muy pocas las terapias existentes, destinadas a ayudar a reprocesar traumas satisfactoriamente, y son pocos los psicólogos que lo practican. La mayoría de las terapias que se encuentran al alcance de las masas son, en la práctica, fútiles y no sirven para absolutamente nada más que para perder el tiempo. Peor aún, además de no servir para reprocesar el trauma íntegramente, resultan ser distractoras.

De la misma forma la sociedad nos brinda respuestas vagas e imprecisas ante nuestros problemas. Dejando en claro que, evidentemente, el divorcio es necesario y debe ser tomado en cuenta, es preciso señalar que no tienen por qué ser el único “remedio” frente a las divergencias que surgen en las relaciones maritales. Recalcando las comillas en “remedio”, ya que cuando se acude al divorcio no se resuelve nada en realidad, únicamente estamos tirando la toalla y desistiendo al momento en que nos vemos enfrentados una situación más dificultosa de lo acostumbrado. Y yendo aún más lejos, podemos aventurarnos a decir que la manera en que muchas mujeres proceden actualmente es, sencillamente, actuar sin razonar, presas de su propio ego, un ego avivado por la sensación de obrar correctamente y la exaltación que produce un empoderamiento erróneo y vanidoso.

Para dilucidar el problema debemos ubicarnos al inicio del mismo; al cómo se originó la concepción del mundo que tenemos las mujeres actualmente (al menos como yo creo se generó). Primero nos han relatado una historia sesgada respecto a cómo vivían nuestras madres, abuelas y bisabuelas, es decir, la parte de la historia contemporánea más reciente, la que aún podemos evocar vívidamente. Este resulta ser un mensaje repetitivo, contundente y obstinado, al cual hemos sido expuestas las mujeres de nuestra generación y generaciones posteriores de forma sistemática. Dicha historia nos da a entender que nuestras madres, abuelas y bisabuelas se relacionaban con nuestros padres, abuelos y bisabuelos debido a que no podían elegir; Porque no se podían divorciar ni separar, al igual que como una consecuencia de la situación familiar y social de la época, que las obligaba a permanecer casadas con sus esposos. Es este, a grosso modo, el mensaje que se nos han inculcado y con el que se nos ha criado a las mujeres de mi generación y generaciones venideras.

Vale la pena hacer una pequeña digresión para mencionar que en la era actual viven mujeres que, al igual que en aquel entonces, no pueden acudir al divorcio; Que se ven envueltas en situaciones que pueden incluso amenazar su integridad física y que necesitarían o hubieran necesitado poder separarse de aquellos hombres que las estaban intimidando, causando daño a ellas y a sus hijos. Los malos tratos siempre han existido y siguen existiendo, eso es irrebatible. Los psicópatas siempre se han hecho manifiestos; al igual que siempre ha habido abusos sexuales en la infancia, es inherente al ser humano. Obviamente estas cosas ocurren, pero son justamente esa clase de mujeres las que no van a separarse jamás, pues no se atreven a ello, da igual sí el estado las pueda amparar. Las leyes cambian las vidas de unas pocas, la mayoría no va a experimentar el más insignificante cambio en su entorno a pesar de lo que diga la ley. Esta clase de mujeres existieron y siguen existiendo hoy día, no obstante eso no lograremos evitarlo a base de promover leyes.

Dicho esto, es necesario comprender que estas mujeres son, quiero creer, la minoría en comparación con toda la población y no representan el total de las situaciones de conflictos matrimoniales. Huelga decir que no todos los hombres son psicópatas maltratadores (como algunas ya empiezan a creer). No todos los hombres son susceptibles de golpear a su pareja ni violan a niños, estos también resultan ser una minoría. El resto de las desavenencias que puedan llegar a surgir entre las parejas se presentaran, inevitablemente, tarde o temprano y es posible remediarlas.

El divorcio funciona como una herramienta que se encuentra a nuestro alcance, y al igual que toda herramienta, si se usa bien puede representar una ventaja o, por el contrario, mal utilizada resulta en una gran desventaja. No debemos hacer del divorcio la norma, pues no es esa la única solución a tener en cuenta.


Las mujeres hoy en día estamos convencidas, puesto que nos han inducido a pensarlo así, de que somos más libres en comparación de nuestras madres y abuelas porque nosotras contamos con la posibilidad de divorciarnos; Nada más que por eso. Con el hecho de que se aprueben unas cuantas leyes que dicen favorecer a la mujer suponemos ser más libres. Sin embargo, no logramos ver que al poseer la opción del divorcio tan a la mano, que sea lo primero en pasar por nuestra mente, antes incluso que cualquier otra opción, acaba siendo una vil trampa, en especial si hay hijos implicados. Seria errado negar que el divorcio es injusto para con los hombres, principalmente a causa de que la custodia de sus hijos es otorgada generalmente a la madre para luego, esas mismas, madres utilizar a sus niños como un arma en contra de ellos. No obstante, al analizar más detalladamente el día a día de muchas esposas divorciadas, ocurre que, al obtener la custodia de los hijos, el divorcio deviene en una especie de maldición sobre ellas.

Las mujeres llegan a la conclusión de que están emancipadas puesto que no tienen que estar sujetas a un hombre durante toda su vida para sobrevivir, sin embargo siguen estando subordinadas a otros. Muchas divorciadas deciden regresar al hogar de sus padres (los abuelos de los niños), o en su defecto, morar en su propia residencia a costa de terceros. Dado que la mayoría de ellas se ven imposibilitadas para proveer económicamente para sí mismas al igual que para sus hijos al mismo tiempo, acaban supeditadas a ajenos para poder subsistir, estando incluso aún más subyugadas de lo que eran antes, cuando se habían casado con un hombre elegido por ellas al libre albedrio, pues estas terminan dependiendo de sus padres, del estado, de diversas instituciones o personas que estén dispuestas a brindarles ayuda e inclusive del papá de sus niños (o sea del que no querían depender en primera instancia).


Si nos fijamos bien, las mujeres modernas somos mucho más explotadas de lo que fueron nuestras madres y abuelas en su momento. Si bien muchas de ellas debían trabajar arduamente días enteros todos y resultaría ingenuo afirmar que las vidas de las mujeres en el pasado eran pan comido, la mayoría de ellas trabajaban, en promedio, menos de lo que trabajamos las mujeres en la actualidad. Antes la esposa sólo debía quedarse en casa criando a sus hijos hasta el punto en que estos cumplieran cierta edad, para entonces proceder a trabajar fuera de casa. O, de otro modo, trabajaban hasta el momento en que decidían crear una familia y se casaban. Todo esto exceptuando los casos ya antes expuestos; casos en los que se dan maltratos físicos y psicológicos y relaciones de gran desigualdad, donde el hombre ostentaba poder absoluto sobre la vida de su mujer.


Las que aceptaban el acuerdo de permanecer en casa mientras el hombre salía a trabajar, o sólo trabajar de forma esporádica eran mujeres que consentían sus roles y los de sus esposos voluntariamente ¿Podríamos considerar que eran esclavizadas? ¿Estaban realmente retenidas en sus casas o por el contrario laboraban una sola jornada? ¿Podemos creer que nuestras vidas, la vida de la mujer moderna en general, son mejores que las de nuestras madres y abuelas? ¿En verdad esas mujeres de antes se encontraban en desventaja con respecto a aquellas que, en la actualidad, culminan su labor de ocho (o más) horas para acto seguido ocuparse medianamente de los hijos y de los oficios del hogar, dado que sus ingresos no son suficientes para contratar a alguien que les mitigue la carga? ¿Se están criando mejor los hijos de nuestra generación, que las más de las veces son niños “llavero”, es decir, con los que no es posible pasar el tiempo que es pertinente a consecuencia de las obligaciones laborales y caseras? A menudo estos niños terminan siendo criados por sus abuelos o, peor aún, sin compañía alguna, en comparación con los niños del pasado. ¿Están resultando mejor criados los niños de esta generación sin padres? ¿Lo estamos haciendo mejor nosotras de lo que lo hicieron nuestras madres y abuelas en su momento? ¿Es esta fórmula moderna más efectiva en verdad? ¿Somos más independientes sólo porque nos podemos divorciar? ¿Esta es la respuesta más conveniente ante los obstáculos que emergen dentro del matrimonio?

Cuántas de nosotras habremos escuchado a abuelas o madres de generaciones pasadas decir aquello de: “Es que ahora no tenéis aguante, ninguno de los dos, ni los hombres ni las mujeres. Os enfadáis un poco y enseguida os separáis y os divorciáis. No soportáis nada.”

Al comparar sus vidas con las vidas de muchas de nosotras, uno se cuestiona: ¿Qué demonios hemos hecho? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo nos han embaucado y cómo nos hemos dejado estafar? A la pregunta original: ¿Somos más libres gracias al divorcio? La respuesta más sensata sería un terminante no.

No somos ni podemos ser independientes, la emancipación femenina no es más que un llano mito. ¿Cómo podría ser independiente una mujer con el mísero salario que ganamos en promedio y con las pocas habilidades con las que cuentan las mujeres para buscar el sustento? La independencia se gana a través del trabajo duro y constante. Se debe empezar muy pronto, tener un objetivo muy concreto, centrarse en dicha meta y trabajar como un animal si lo que en verdad se busca es una soberanía económica. Y es eso justamente lo que, tradicionalmente, han hecho muchos de nuestros padres y abuelos a lo largo de sus vidas. Las mujeres, en gran parte, no hacen eso. Cuando hablamos de independencia hablamos de ser económicamente independientes, y en ese sentido, la mayoría absoluta de las mujeres se verán supeditadas, toda su vida, a un hombre. Esta no es sino la pura verdad; Dependíamos económicamente de ellos en aquel entonces y seguimos dependiendo de ellos a día de hoy.

Evidentemente no es práctico culpar exclusivamente a las mujeres, esto tiene que ver, de igual modo, con otras causas, como la forma en que está conformada la sociedad. Pero eso no quita el que debamos abrir los ojos y desengañarnos de una vez por todas. Una vez que la mujer con hijos se divorcie de su marido va a seguir atada a él, le guste o no.

Sumado a que no somos más libres que antes, está el hecho de que tenemos mucha menos tolerancia al estrés con respecto a otra época. Poseemos una nula competencia para remediar los conflictos maritales; no sabemos debatir con nuestras parejas ni exponer nuestras razones con mesura; al instante levantamos la voz, creyendo que si en el pasado las mujeres no gritaban a sus conyugues era a causa de un yugo que las oprimía, ¡y nada más alejado de la realidad!



Hemos olvidado el sentido del respeto mutuo, hemos perdido el norte, hemos perdido la dignidad incluso, no ya para con los hombres, sino sobre nosotras mismas. La mayoría de las mujeres se enzarzan en diálogos de besugos y no debaten con raciocinio; Están desavenidas con la lógica, no comprenden lo que ese término significa. Al intentar conversar con ellas, argumentando de forma racional, lo perciben como un lenguaje ininteligible, ellas hablan un dialecto completamente distinto. Su pensamiento lógico no funciona. Esto no se debe a que las mujeres sean estúpidas, sino que hay una serie de sucesos que tienen lugar en el cerebro femenino que ocasionan que muchas aparenten ser idiotas, haciendo imposible discutir con ellas. Cuando a una mujer se le antoja que las cosas son como ella dice nadie logrará apearla de esa convicción; Nadie la hará entrar en razón.

Si existe algo en lo que, a lo largo de los años, tanto hombres como mujeres, hemos llegado a ser muy buenos, al punto de estar en igualdad de condiciones, es el ser egocéntricos. A día de hoy una mujer puede llegar a ser tan ególatra, tan egoísta y tan testaruda como podría llegar a serlo cualquier hombre de la era de nuestras abuelas. Hipotéticamente hablando desde luego, ya que esta es otra falsa historia que nos han contado: que los hombres son ingratos, tozudos y ególatras. Es esta la fama que han cobrado los hombres desde siempre. Que ellos deciden puesto que son la cabeza de la familia. Ahora llegan las mujeres deseosas de tomar ese papel, sin embargo, al carecer de la autoridad requerida para asumir dicho rol, se ven obligadas a sustituirla, adoptando una actitud pedante, grosera y testaruda. Así es cómo se desencadena un escenario en el que la mujer, al percibirse en igualdad de condiciones para discutir con su esposo levanta la voz, o lo increpa del mismo modo que él a ella. El poder se nos ha subido a la cabeza. Nos han persuadido para creer que obtener derechos es lo único que importa en la vida. Todo lo que no se adapte al guion infantil de “es mi derecho” es silenciado e ignorado.

Visto como está el panorama, es prudente pararse a reflexionar y decir: ¿De verdad son necesarios todos los divorcios? ¿En realidad todos los divorcios y separaciones que se llevan a cabo parten desde una base lógica? ¿Tienen todos los divorcios una razón de ser? Al cavilar un poco al respecto encontraremos que la respuesta es, de nuevo, una gran no. No todos los divorcios tienen razón de ser. Muchas mujeres se divorcian simple y llanamente debido a su egocentrismo y porque les han lavado el cerebro.

Porque hemos de reconocer que hemos sido víctimas de un adoctrinamiento paulatino, a lo largo de unas pocas décadas, que se ha perpetrado contra nosotras, contra las mujeres, aprovechando y explotando ciertos rasgos femeninos que ya teníamos por defecto. Este adoctrinamiento se basa en convencer a la mujer de que somos superiores a los hombres y que siempre tenemos razón. Y con esa estúpida creencia en mente, en lugar de tener relaciones cordiales y de mutuo apoyo con los hombres, muchas están en constante guerra con ellos hasta que se divorcian. Sea cual sea la fase del proceso en la que se encuentre, ella no puede estar errada dado que es una mujer y nadie la convencerá de lo contrario.

Esto viene a consecuencia de un sistema que las ha empoderado de una forma artificial, falsa e hipócrita, sin brindarles las habilidades imprescindibles para relacionarse con otros, sin ni siquiera darles la oportunidad de reprocesar sus traumas. Y eso es importante porque en el caso de las mujeres es muy importante puesto que la inmensa mayoría de las mujeres necesita una terapia psicológica tarde o temprano. En síntesis, podríamos ponerlo así: Se les da orgullo, se les da egocentrismo, se las empodera artificialmente y se les lava el cerebro para que piensen que valen más que los hombres. Las lanzamos a las relaciones con ellos para que tengan hijos y acto seguido se divorcien destruyendo sus matrimonios.

Bajo esa premisa de complejo de superioridad no es de sorprender que tantas relaciones acaben en divorcio. Un vínculo marital con una persona así no concluirá en buen término. Si esa es la actitud que tomas en la vida, indefectiblemente, todas tus relaciones se verán sumidas en el más desdichado fracaso, sin importar lo grandioso que pueda llegar a ser tu hombre.

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La Psicología Responde