El lado oscuro de la victimización - Personalidades de víctimas

Actualizado: 27 de nov de 2020

El comportamiento de algunas víctimas se aleja mucho de la comprensión de la víctima que tenemos en la sociedad.



Cuando pensamos en una víctima, pensamos en alguien indefenso, debilitado, y quizás con secuelas. La mención de la palabra “víctima” viene acompañada a menudo de la imagen de una persona que se ha visto envuelta en unos hechos o unas violencias a manos de otros, en contra de su voluntad, sin haber hecho absolutamente nada para merecerlo.


Y, seamos justos, esto es así en la mayoría de las ocasiones. En el contexto particular de los abusos sexuales en la infancia la víctima se encuentra con aquello sin haber hecho nada para merecerlo, y sin tener absolutamente ningún recurso para evitarlo. Se puede decir que el menor que sufre abusos sexuales, sobre todo en el contexto familiar, encarna la más pura esencia del concepto “víctima”.


Aquí no vamos a debatir sobre cómo una persona llega a convertirse en víctima, ni vamos a debatir en contra de los procesos de victimización. Aquí damos por sentado que efectivamente hay personas que victimizan a otras; que los procesos de victimización son auténticos; que las violencias de todo tipo dejan unas secuelas graves en las personas y que, en la mayoría de los casos, cuando las personas exigen que se las reconozca como víctimas es porque realmente lo son.


Como experta en trauma, en abuso sexual en la infancia y en victimización, no voy a negar lo evidente. Más bien, lo que vamos a hacer aquí es hablar de lo que ocurre en las personas cuando ya son adultas y han sufrido procesos de victimización en su niñez.


Y antes de empezar me gustaría aclarar que, si me atrevo hablar de esta forma de la victimización es porque yo, personalmente, he sido víctima de cosas terribles en mi vida y a diferencia de muchas otras personas yo lo he superado. Nunca he explotado mi rol de víctima y aunque he tenido épocas en las que me he portado mal con otras personas, supe darme cuenta de que aquello no era mi forma real de ser y cambié en consecuencia. Sí siento que la sociedad está en deuda conmigo, que me deben algo por todo lo que me ocurrió, porque nunca se hizo justicia. Siento, de hecho, que la justicia no existe y que no existe el modo de compensar lo que nos han hecho a algunas personas. Pero nada de esto justificaría que yo me portara mal con otras personas. Tampoco creo tener más derechos que mis conciudadanos por haber sido víctima de unos pocos, y no generalizo el mal generados por unos cuantos, al conjunto de la especie humana, al conjunto de los hombres, o de las mujeres, o al conjunto de los azules o de los amarillos. A medida que leas esta entrada quedará más claro por qué digo esto.


Puesto que nos vamos a centrar en el contexto del abuso sexual intrafamiliar, lo más recomendable es que escucharas primero mis podcasts sobre el abuso sexual en la infancia, o que leyeras la entrada correspondiente. Eso te dará una idea de qué hablamos aquí cuando hablamos de abuso sexual intrafamiliar. Resumiendo, la mayoría de los estudios que se han hecho sobre abusos sexuales en la infancia, y a juzgar también por los testimonios de la mayoría de las víctimas, el abuso se da sobre todo en el seno familiar, y en la mayoría de las ocasiones el violador es el padre. A este le siguen los hermanos, el abuelo, los tíos, etc. Y aquí vamos a hablar de los perfiles que se dan en este tipo de familias, a las que yo llamo mafias pederastas, puesto que su comportamiento es muy similar al de una mafia. Lo cual no significa que estos perfiles no se den también en otros contextos en los que también se da el abuso sexual o cualquier otra violencia contra la infancia.


En esos podcasts sobre el abuso sexual hablábamos de cómo se conforma la familia pederasta. Hablamos de cómo la madre se transforma en la mejor encubridora del violador, es decir, su marido, y hace todo lo posible para que sus hijos víctimas no hablen, y en caso de hablar, hace todo lo posible para desprestigiarlos y que nadie los crea. La madre de las víctimas de abusos sería el primer tipo de víctima del que yo quiero hablar aquí. Este comportamiento de estas mujeres aquí descrito puede darse en diferentes tipos de mujeres, pero es especialmente frecuente en mujeres que, a su vez, también han sido víctimas de abuso sexual en su niñez.


El abuso sexual intrafamiliar pasa de generación en generación, normalmente a través de la línea materna. Y esto se explica de la siguiente forma: Muchas de las niñas que son víctimas de abusos sexuales a manos de sus padres viven en la negación más absoluta para poder defenderse psicológicamente de la realidad tan dura que viven. La negación es una defensa psicológica que nos ayuda a soportar situaciones insostenibles. El problema con esta negación es cuando las niñas llegan a la edad adulta y siguen viviendo en la negación. Son mujeres que jamás reconocen lo que les ha ocurrido, ni siquiera para sí mismas. Esto significa que acarrean las secuelas traumáticas que dejan los abusos sexuales el resto de sus vidas.


El hecho de negar que te ha ocurrido algo no significa que no seas víctima, ni significa que haya desaparecido de tu vida. La victimización es como una capa que llevas pegada a la piel que te acompaña toda tu vida si no haces nada para reprocesar el trauma que te la generó. La mayoría de estas mujeres no hacen nunca la terapia que necesitan puesto que nunca reconocen que tienen un problema. Eso significa que siguen siendo víctimas el resto de sus vidas. Como víctimas que son, acaban atrayendo a su vida agresores de todo tipo, incluyendo a los pederastas. Son mujeres que tienen un atractivo muy especial para los pederastas, que buscan mujeres vulnerables para tener hijos con ellas de los que poder abusar. Y así es como el abuso pasa de forma transgeneracional de una familia otra a través de la línea materna y a causa del trauma de la madre. El culpable de los abusos es el hombre que abusa, de esto no hay ninguna duda. Pero tampoco hay duda de que la mujer juega un papel muy importante en la perpetuación de las violencias contra la infancia.


Este comportamiento encubridor de la madre es solamente uno de los comportamientos oscuros y poco éticos que vemos en las mujeres que han sido víctimas. Una cosa que sorprende mucho cuando uno estudia de cerca la familia pederasta es que la falta de ética que caracteriza a estos grupos. Y la falta de ética no concierne solamente al pederasta; concierne a la mayoría de los miembros del clan. De hecho, si hay algo que caracteriza a estos grupos es la mezquindad. Por eso la mayoría de las víctimas de abusos sexuales no harán nunca nada para parar los abusos en su familia. Y aunque no se comporten como estas madres que hemos descrito aquí, tampoco denunciarán nunca, ni harán nada para evitar que otros niños de la familia sufran abusos. Las víctimas capaces de denunciar son una microminoría y son rápidamente silenciadas, violentadas, aisladas o expulsadas del clan.


Así pues, aquí tenemos a un tipo especial de víctima que no destaca por su vulnerabilidad, por su indefensión o por su personalidad de víctima sin recursos, sino que son víctimas, en su mayoría mujeres, que, de forma contra intuitiva a lo que uno pensaría, tienen recursos de sobra para hacer daño a otras personas diferentes del perpetrador, eligiendo normalmente a otras víctimas cuando desea ejercer ese daño.


Así, lo que tenemos en muchas familias pederastas, es que mientras el pederasta viola a todos los menores de la familia durante varias generaciones, las víctimas se entretienen intentando destruirse unas a otras. El odio, la mezquindad generados dentro del contexto de los abusos sexuales se terminan expresando en agresiones de unas víctimas contra otras. Agresiones verbales, psicológicas o físicas. Al mismo tiempo ninguna de ellas se atreverá nunca a agredir de la misma forma al violador y, como estoy diciendo, jamás lo denunciaran.


Personalmente, jamás he visto un nivel de mezquindad tan grande en ningún ser humano como he visto en los clanes pederastas. Es como si la víctima, por contagio emocional, por aprendizaje vicario, o por cualquier otro mecanismo emocional o psicológico, aprendiera del pederasta la mezquindad que lo caracteriza a él. Los pederastas más astutos suelen crear competición entre los menores de una misma familia, cuando abusa de todos ellos, para tenerlos aislados y separados. Esto es algo que funciona especialmente bien cuando hay niñas y son hermanas o primas y están muy cercanas entre ellas. Este conflicto artificial que genera el pederasta muy astutamente explica sólo parcialmente el comportamiento posterior de la víctima de abusos; una observación atenta de estas mujeres nos muestra hasta qué punto esa mezquindad forma parte de su personalidad también. ¿Será genético?



Otra característica que aparece mucho en víctimas de abuso sexual es la mentira. De nuevo, la capacidad y la forma de mentir de estas personas escapa a toda lógica y es muy característica de este tipo de clanes. No hay muchas personas que sean capaces de mentir como lo hace una persona víctima de abusos sexuales intrafamiliares, criada en el seno del clan.


Es muy llamativo hasta qué punto el trauma afecta a cierto tipo de rasgos. Y para ser justos, y en honor al resto de víctimas que no son así, hay que decir que no nos podemos amparar siempre en el trauma para justificar estos comportamientos, la mezquindad, la mentira o etc. Muchas personas que hemos sido víctimas no hemos sido mentirosas nunca, y por eso no es justo decir que eso lo genera el trauma, porque no es verdad.


Los seres humanos traemos la personalidad conformada casi al completo de nacimiento. Luego, nuestras experiencias de vida van conformando esa personalidad de una forma o de otra. Al final encontramos que lo que somos como personas es una mezcla de lo que éramos cuando nacimos más lo que nuestras experiencias de vida han aportado. En este contexto del que hablamos aquí digamos que el trauma ha servido como disparador de los instintos más bajos de las personas (que ya traían de la cuna). Digamos que el trauma termina sacando lo peor que las personas tienen dentro y aumentándolo exponencialmente. El rasgo de la mentira y el engaño es una de estas características que resaltan en este grupúsculo de víctimas, que el trauma les exacerba. Esa tendencia a mentir con la que parecen nacer estas personas se aumenta exponencialmente. Y así, acabamos teniendo a unos mentirosos patológicos que seguirán mintiendo aun cuando ya te has dado cuenta de que mienten, y aunque se lo hayas señalado.


Lógicamente, esto es un problema que se acaba volviendo en su contra. Cuando una persona te dice una mentira, es raro que vuelvas a confiar en ella y no te creerás nada de lo que te diga. En ese sentido, cuando sabes que una persona es mentirosa porque ya te ha contado mentiras, y de repente un día te dicen que alguien abusaba sexualmente de ella, la tendencia es a no creérselo. Todo esto, sin darnos cuenta de que, en realidad, el hecho de haber sido víctimas es lo que desató esa capacidad de mentir de esa forma en primer lugar.


Por supuesto, todo esto es una ventaja para el pederasta y para las víctimas que lo encubren. Mientras que el pederasta suele tener una apariencia de hombre sensato y con cierto ascendente sobre el grupo, la víctima a su vez queda como esa mentirosa capaz de inventarse unos abusos, aunque sea todo cierto. La mentira es un rasgo que hace mucho daño a la propia víctima, y por extensión, a todas las víctimas.


Aquel que quiera trabajar con víctimas, sobre todo si hablamos de víctimas de abusos, tendrá que acostumbrarse a este tipo de cosas, porque esto es lo que se va a encontrar.


Una vez que salimos del contexto de la violencia sexual contra la infancia, podemos observar comportamientos de víctimas que tampoco encajan demasiado bien con la imagen que nos fomentan de la víctima indefensa. Encontramos que a veces las víctimas acaban siendo las mejores cómplices en delitos cometidos por hombres. Porque muchas veces la mujer acaba desarrollando misoginia a causa de la actitud de las mujeres en su entorno cuando sufrió violencias en la infancia, y eso la lleva a la complicidad en delitos que hacen daño a otras mujeres.



Encontramos así mismo a personas que explotan su rol de víctima, cuando a lo mejor hace 20 años que fueron víctimas de aquello. En este sentido las subvenciones del Estado, las compensaciones económicas, los subsidios y las pensiones actúan como un aliciente que incita a estas personas a no querer abandonar jamás el estado de victimización en el que a lo mejor ya no se encuentran desde hace mucho tiempo.


En los últimos tiempos estamos comprobando con qué facilidad grupos de personas que se consideran víctimas, se pueden acabar convirtiendo en agresores. El movimiento Black Lives Matter de Estados Unidos es una muestra perfecta de cómo un grupo que partió de la opresión y de la violencia por parte de otro grupo, puede acabar siendo el grupo opresor a su vez. El hecho de haber sido víctimas aparentes parece que les da a estas personas unos derechos y unos privilegios por encima del resto de los grupos, o por lo menos así lo sienten ellos. Ahora, no solamente aquellos que les hicieron daño de verdad se ven obligados a justificar lo que hicieron y a pagar por ello, sino que exigen a todo el mundo qué se pongan a sí mismos en la disyuntiva de elegir de qué bando están. lo que significa que si no estás de su bando eres el enemigo, y eso les dará derecho a ellos a violentarte si quieren. Porque así es como las personas entienden el hecho de haber sido víctimas: “Haber sido víctima de ti me da derechos sobre ti y sobre todos los demás”.


Cuando de verdad cuidas de las víctimas y te preocupas por ellas entiendes que la prioridad número uno debe ser la de ayudarlas a salir de la victimización lo antes posible y a que vuelvan a ser ciudadanos de pro, con todas sus facultades recuperadas y con sus capacidades intactas. Ciudadanos que ya no volverán a depender de nadie nunca más, ni siquiera del Estado. Pero que, al mismo tiempo, no volverán a ser víctimas de nadie nunca más. Porque hay formas de hacer que una persona recupere el control sobre su vida, que gane autoridad, y que deje de ser una víctima para dejar de atraer pederastas o maltratadores a su vida. El resto, aquellas personas que no han sido víctimas de violencias intrafamiliares, sino más bien estaban en el lugar equivocado en un mal momento, también pueden recuperar su vida y dejar de ser víctimas. Otra cosa es que les interese dejar de serlo.


Las políticas actuales en la mayor parte de los países del mundo occidental van en la línea de fomentar la victimización, en lugar de acabar con ella. Las leyes y el adoctrinamiento social que vayan en la línea de infantilizar a la víctima hasta inutilizarla y hacerla plenamente dependiente del Estado no sólo no ayudan a las propias víctimas, sino que no ayudan a nadie. Es un peaje muy caro que acabamos pagando toda la sociedad.


Cuando empoderadas erróneamente a una víctima, acabas transformándola en un monstruo. Una mujer que sienta que tiene más derechos que otras personas sólo por el hecho de haber sido víctima se convertirá rápidamente en una pequeña tirana, que exigirá que se le reconozcan esos derechos y a continuación seguirá exigiendo muchos otros. Son mujeres que viven convencidas de no tener absolutamente ninguna responsabilidad, y que toleran mal que otros siquiera lo insinúen. Son mujeres que aprovecharán las leyes que las convierten en seres privilegiados para hacer su voluntad y arruinarles la vida a otros cuando a ellas les apetezca. De la misma forma que los negros norteamericanos se sienten con derecho a violentar a los blancos, sin que estos tengan derecho a réplica, muchas mujeres sienten que tienen derecho a violentar a los hombres. Y así encontramos a chicas que pegan a chicos y luego les espetan “tú a mí no me puedes hacer nada porque soy mujer”. Igual que los BLM.



Y muchas de estas mujeres han sido víctimas de verdad. Vienen victimizadas la infancia, o ha sido víctimas de violencia interpersonal en la vida adulta. Pero sea como sea, aquí vamos a insistir siempre en que el hecho de ver sido víctima no te convierte en un ser especial. Haber sido víctima no te concede más derechos que a otros. Como tampoco te exime de tus responsabilidades y de tus obligaciones sociales. Todos formamos parte del grupo sociales, todos extraemos algo de nuestra participación en los grupos, pero al mismo tiempo tenemos que aportar algo. Esto se traduce en que tenemos responsabilidades y obligaciones para con los demás. Aquella persona que se ampara en su condición de víctima para aprovecharse de los demás sin aportar nada a cambio está demostrando que no es mejor que aquellos que la convirtieron en víctima, en todo lo concerniente a los valores humanos, a la ética, y al sentido de la responsabilidad.


Al mismo tiempo, como grupo no deberíamos permitir que esto ocurriera. Y aunque parezca un objetivo muy difícil de alcanzar, en realidad al final se trata sólo de educar a la población.


Puedes escuchar el podcast correspondiente a esta entrada aquí.


La Psicología Responde