¿Por qué no existe aún el tratamiento farmacológico para controlar la psicopatía?

El fracaso en controlar a la población psicopática conlleva un peaje demasiado caro para la sociedad al completo



En esta entrada lanzamos un cuestionamiento sobre por qué no existe ningún tratamiento farmacológico para tratar la psicopatía, a pesar de estar ampliamente estudiada.


Para eso primero vamos a explicar algo de historia, para comprender hasta qué punto conocemos bien la psicopatía y el cerebro del psicópata.


Un poco de historia


Algunos autores demarcan el comienzo de la descripción del psicópata en Estados Unidos, de la mano de Benjamin Rush en 1786. Por su parte, Las primeras descripciones clínicas de la psicopatía en Europa las crearon Pinel (1806), en Francia, y Prichard (1835) en Inglaterra. Estos señores ya se dieron cuenta de que había un tipo de hombres especialmente crueles, algo diferentes a los delincuentes comunes. Prichard habla de la psicopatía como de imbecilidad moral. Y este sustantivo, moral, es lo que marca la diferencia. Ya no estamos hablando de un trastorno comportamental conductual, estamos hablando de algo que va más allá, que afecta a la moral, a la comprensión de las cosas desde la base.


Ya entrados en el siglo XX, el psiquiatra norteamericano Karpman (1941), describió dos variantes de la psicopatía. Teorizaba con que ambos tipos desplegarían comportamientos muy similares, pero que solo uno de ellos se prestaría a hacer terapia. Describió estos dos tipos como Psicopatía Sintomática y Psicopatía Idiopática. En los individuos que padecían psicopatía sintomática no era difícil ubicar la psicogénesis de su comportamiento. Es decir, si se rastreaba el histórico del individuo hacia atrás, podían encontrar hogares rotos, trauma, abandono, malos tratos en la niñez, etc. De ahí que la denominara sintomática. Se deduce que el comportamiento antisocial es un síntoma del trauma.


Sin embargo, en la Psicopatía Idiopática no era posible encontrar factores que explicaran la conducta antisocial. Iban hacia atrás en el histórico del individuo y no encontraban nada que justificara su comportamiento.


Sólo a título informativo, lo idiopático se refiere a una enfermedad cuya causa es desconocida. Lo idiopático, frente a lo sintomático, se refiere a algo cuyas causas no se pueden encontrar. En pocas palabras, a mediados del siglo XX ya sabíamos que los psicópatas nacen.


En los años 90, Ronald Blackburn nos explica los atributos definitorios de la psicopatía como distribuidos en un continuo y no como variables dicotómicas. Es decir, la psicopatía no sería una cuestión de todo o nada, sino una cuestión de grados. Este autor identifica dos dimensiones para clasificar la psicopatía. La primera dimensión, denominada Psicopatía, o Agresión Antisocial estaría definida por una alta impulsividad, agresión y hostilidad y una baja sinceridad. La segunda dimensión, denominada Retirada Social, estaría definida por la timidez, la introversión, la ansiedad y la depresión. A partir de estas dos dimensiones establece cuatro grupos de delincuentes, a los que denomina psicópatas primarios, psicópatas secundarios, psicópatas controlados y psicópatas inhibidos. Los psicópatas primarios y secundarios obtendrían, ambos, puntuaciones máximas en las características de la primera clasificación, Agresión Antisocial. Sin embargo, los psicópatas secundarios obtendrían puntuaciones mucho más altas en la Retirada Social.


Blackburn viene a corroborar lo que dijo Karpman sobre los dos tipos diferentes de psicópatas. Uno sería más puro, y el otro tendría unos rasgos antisociales mezclados con indicativos de trastorno mental, como la ansiedad y la depresión. Los psicópatas primarios, los puros, serían los idiopáticos de Karpman.


Hay muchos otros investigadores a lo largo de las décadas que aportan diferentes datos al constructo psicopatía, pero aquí nos quedaremos solo con un resumen de las participaciones más relevantes para esta argumentación.


Las escuelas angloamericana y europea se acaban dividiendo en dos líneas de investigación claramente diferentes. Los angloamericanos son conductuales. La europea, sin embargo, se distingue por su rechazo a tomar la conducta antisocial como el criterio que defina la psicopatía. Al contrario que la escuela americana, categorizan el trastorno como definido por desviaciones en la personalidad y no en la conducta. Por eso no consideran como psicópata a todo aquel que presente una conducta antisocial.


Estos datos terminaron traduciéndose en las descripciones del trastorno antisocial de la APA y de la OMS. La APA publica el manual de trastornos mentales llamado DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), y la OMS publica el manual llamado CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades). En lo que respecta al trastorno de psicopatía, ninguna de las dos clasificaciones la describe adecuadamente. La psicopatía per se no existe ni para la APA ni para la OMS. Lo más parecido sería el Trastorno Antisocial de la Personalidad (TAP) del DSM-V; y el Trastorno de Comportamiento Disocial del CIE-11. Estas serían las clasificaciones con rasgos y características diagnósticas más similares.


Que no haya una correcta descripción de la psicopatía en ninguno de los manuales lleva a que los profesionales psicólogos y criminólogos vivan confundidos toda su vida con respecto a lo que es un psicópata, y que hablen continuamente de la psicopatía como si se tratara de un trastorno antisocial. El TAP no es psicopatía y la psicopatía no es TAP.


Tenemos tan claro que hablamos de dos constructos diferentes, que la escala más utilizada en el mundo para medir la psicopatía, la PCL-R de Hare, marca perfectamente la distinción entre ambas. Esta escala se divide en dos factores, el factor I refleja las características que distinguen a los psicópatas. El factor II se relaciona más con las tendencias compartidas por las personas diagnosticadas como antisociales. Los psicópatas normalmente puntúan por encima de la media en ambos factores, mientras que aquellos diagnosticados como antisociales puntúan más alto en los ítems del factor II. Es un instrumento perfecto para marcar las diferencias entre ambos.


Volviendo a las descripciones, la descripción del TAP del DSM incluye comportamientos delincuenciales, irresponsables e impulsivos. Es una descripción puramente conductual, muy en la línea angloamericana, que mezcla muchos de los rasgos que comparten psicópatas primarios y secundarios de acuerdo con Blackburn. Por su parte, el CIE de la OMS, al hablar del trastorno disocial, está describiendo un trastorno de la personalidad, en la línea de la escuela europea.

En su descripción del trastorno disocial, en el CIE encontramos que la expresión de las emociones es “instrumental”, lo cual sería un importante rasgo de la psicopatía.

Existirían dos tipos de violencia, la reactiva y la instrumental. La reactiva responde a una agresión o provocación previa, real o imaginaria. Se asocia con altos niveles de impulsividad, dificultad para el control de impulsos y escaso desarrollo de habilidades sociales, es decir, trastornos de apego. Por su parte, la violencia instrumental responde al deseo de obtener beneficios personales, sociales o materiales. Es la violencia que utilizan en su mayoría los psicópatas.


Este modo de describir las emociones como instrumentales en el CIE, es lo más cerca que llegamos de una descripción de la psicopatía como lo que es de verdad. Aún así, seguimos sin tener una descripción clara en ningún manual. La consecuencia de esto es que, como no son trastornos clínicos no hay tratamientos para ellos. Los programas de reinserción para psicópatas se realizan con las mismas técnicas terapéuticas que usamos para el resto de los delincuentes, lo cual no tiene ningún sentido, puesto que ya sabemos que son estructuralmente diferentes, como vamos a ver a continuación.

Diferencias estructurales


Todas las investigaciones y estudios sobre el cerebro de los psicópatas nos muestran que son estructuralmente diferentes a las demás personas. Es decir, sus cerebros son diferentes a los de los demás. En la misma línea que los estudios de personalidad de los que hemos hablado en el histórico, los estudios que trabajan con el cerebro físico y con su sistema nervioso en general, nos muestran de forma sistemática que el psicópata nace con una estructura diferente al resto.


Se han detectado disfunciones en el cerebro de los psicópatas en múltiples áreas, por ejemplo: áreas seleccionadas de la corteza prefrontal; la amígdala; el córtex órbitofrontal; y el sistema paralímbico. Además, parecen presentar un grosor cortical anormalmente elevado en varias regiones frontales y temporales.


Con respecto al córtex órbitofrontal (COF) en particular, se han realizado muchos estudios. Este COF es la región relacionada con el procesamiento cognitivo de la toma de decisiones y está estrechamente vinculado al sistema límbico.


A través de una serie de nervios, el COF conecta con otras partes del cerebro muy importantes en lo que respecta a la toma de decisiones y a la regulación emocional. En concreto a la corteza ventromedial prefrontal (VMPFC). Esta parte del cerebro es la intermediaria entre las estructuras cerebrales responsables de la cognición y las que controlan las emociones. Al mismo tiempo, por su conectividad con el hipotálamo, tiene control sobre las respuestas autónomas, entre las que se cuenta la impulsividad. Sabemos que la psicopatía está asociada a una conectividad funcional entre todas estas áreas, y esto es muy importante, porque los psicópatas padecen una grave falta de control de impulsos y no conectan las emociones con la toma de decisiones.

¿Y ahora qué?


Explico todo esto para que el lector comprenda que el estudio del psicópata es extenso y está totalmente actualizado. Hasta el día de hoy y desde hace más de 200 años, estudiamos las características de estos individuos. Existen cientos de estudios relativos a la psicopatía. No hay ningún otro trastorno mental sobre el que se haya hecho más investigación, y, sin embargo, no contamos con ningún medio de control para esta población.


El hecho de que la psicopatía no exista como constructo clínico hace que no se inviertan recursos en su solución. A todos los efectos no existe. Los médicos no tendrían nada que recetar, ni siquiera los psiquiatras; el psicólogo no tendría nada que tratar, o no sabría cómo (y, de hecho, no saben). La psicopatía solo existe en el cine, en el mundo clínico no.


Resulta sorprendente que haya tantos tratamientos farmacológicos para una inmensa variedad de trastornos mentales, y no se haya creado aún el fármaco capaz de controlar el comportamiento del psicópata. Es curioso que a ninguna empresa farmacéutica se le haya ocurrido tomar todos los datos que existen sobre la estructura cerebral del psicópata, que son muchos, y crear un fármaco a su propósito.


Para la esquizofrenia, sin ir más lejos, no tenemos tantos datos como para la psicopatía, no se le han dedicado tantos esfuerzos ni estudios ni recursos, y sin embargo, existen una miríada de medicamentos con los que mantienen a estas personas controladas.


Claro que un psicópata no se va a medicar voluntariamente, pero hoy día ya tenemos fórmulas farmacológicas para controlar ese tipo de cosas. Por ejemplo, el fármaco intravenoso de duración semestral -o anual-, que se aplica en algunos contextos. Lo que queda claro es que cuando a las autoridades sanitarias se les antoja controlar a un subgrupo social, sea cual sea este, lo consiguen con mucho éxito. Pueden controlar a toda la población mundial, de hecho, cuando quieran, y así lo hacen. Por eso no tiene sentido que no hayamos sido capaces aún de controlar la psicopatía en el mundo.


Muchos argumentarán que no es ético tratar a una persona de esa forma en contra de su voluntad, y que eso no se puede hacer, lo cual es solo una muestra de cinismo.


Es posible que hacer esto no sea ético, pero tampoco lo es medicar al resto de la población con la excusa de que no tenemos medios para tratar sus trastornos, cuando eso es mentira; no es ético tratar a los psicópatas con pseudoterapias que no funcionan para ellos (ni para nadie), que los devuelven a las calles peor que cuando entraron, y mentirle después a la gente diciéndonos que son intratables; no es ético condenar a la población a tener que soportar los estragos que estos individuos causan con su comportamiento; como tampoco es ético mantener a la población en el engaño con respecto a quién es el psicópata y de lo que es capaz. La adulación al psicópata en el cine, por ejemplo, o el atrevimiento de algunos expertos en psicopatía (Raine) a afirmar que el psicópata está más evolucionado que la media, son actitudes también antiéticas, dañinas y peligrosas para todos.


Cuando un individuo no puede controlar su comportamiento por si solo, nos está gritando en la cara que somos los demás quienes tenemos que hacer algo para pararlo. La responsabilidad del grupo comienza donde acaba la responsabilidad del individuo, o allá donde el individuo no quiere hacerse responsable. Muchos no tendrían reparos a la hora de quitarle la custodia de unos menores a sus padres, si estos se negaran a hacer lo que las autoridades médicas nos obligan a hacer (de forma dictatorial, por cierto). En estos contextos la ética no aparece por ninguna parte. Muchos no tendría (y no tienen), escrúpulos a la hora de tomar decisiones por el individuo, pasando por encima de sus libertades, sus derechos y su autonomía. Solo apelamos a la ética cuando queremos defender a un tipo de individuos en particular. Habría que preguntarse por qué.


El discurso más patológico y recurrente de las autoridades sanitarias en los últimos tiempos, es que todos debemos sacrificarnos por el bien del grupo. Esto también es una muestra de cinismo. Si de verdad los responsables de nuestra salud y nuestro bienestar general estuvieran preocupados por nosotros, por el grupo humano, hace tiempo que tendrían a la población psicópata controlada.


Los psicópatas causan estragos en la sociedad en todo el mundo. Cuando son delincuentes son los más violentos, los más crueles y sádicos. Cuando vienen de familias acomodadas acaban siendo empresarios, políticos o acaban formando parte de la realeza o la nobleza, aquellos que nos roban descaradamente organizando desfalcos, o que se llevan nuestro dinero a los paraísos fiscales; los que organizan guerras y se lucran con ellas; los que organizan mafias de trata de seres humanos, que secuestran, torturan, violan y asesinan a nuestros hijos; son los pederastas con los que se casan las víctimas para tener hijos con ellos. Son los individuos más destructivos para toda la especie humana, pero bien entrados en el S. XXI aún somos incapaces de hacer nada para pararlos. Y todo en nombre de la ética.


Mientras tenemos a un grueso de las víctimas de estos individuos drogadas para inutilizarlas y que guarden silencio, seguimos alimentando la actitud de admiración y tolerancia hacia los psicópatas, basada en la idea de que a estos individuos no se les puede controlar ni “curar”, y que, en el fondo, son más evolucionados que los demás. No solo no hacemos nada para parar la psicopatía; es que además les tomamos el pelo a sus víctimas.

Así pues, la pregunta está en el aire: ¿Por qué no existe aún un tratamiento farmacológico para controlar la psicopatía?









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