Feminidades - ¿Somos dignas?

Actualizado: 6 de dic de 2020

La comprensión de la dignidad, en oposición a la moral o a la "liberación" sexual, le hace mucho bien al alma femenina.



La cuestión de la dignidad es importante y debería ser mencionada como algo relevante en la sociedad, y es que desde hace décadas se puede decir que algunas mujeres parecen haber dejado de lado el tratar de tener dignidad como una prioridad en su vida.


Primero, es fundamental contextualizar el argumento de la dignidad. La dignidad encaja dentro de la falacia lógica del falso dilema y sus dicotomías inventadas. En concreto, la dicotomía madre-puta fue inventada por la Iglesia Católica que, por un lado nos presentó a María Magdalena, que representa a la puta y por otro lado a la Virgen María, que representa a una madre prácticamente perfecta, virgen e inmaculada.


Sin entrar en las intenciones detrás de la creación de tal dicotomía, lo cierto es que se creó expresamente para las mujeres, y siglos después, ahí nos encontramos todavía, manteniendo la dicotomía a nuestra costa. Nos guste o no reconocerlo, seguimos encajadas en el mismo lugar, por voluntad propia, siendo incapaces de salir de ahí.


La explicación a este estado de cosas puede estar en diferentes formas de entender las cosas. Por un lado, muchas mujeres reivindican su derecho a vestirse como les venga en gana poniendo énfasis en que la Iglesia, como representante del patriarcado, no las dejó hacerlo en su momento. Es como decir que, como antes obligaban a las mujeres a ser muy comedidas en la expresión de su sexualidad, siendo la Iglesia la que ordenaba todo esto, entonces ahora toca irse al otro extremo tratando de ser justamente lo opuesto, sin darse cuenta de que haciendo eso promueven el mismo estado de cosas.


Irse al extremo opuesto significa que aún se encuentran dentro del juego de la dicotomía creada a propósito para que las mujeres bailen entre un extremo y otro. Piensen por un momento en esas mulas de carga que van dando vueltas alrededor de los molinos, llevando unas anteojeras que les impiden ver más allá. Es la imagen perfecta para describir a muchas mujeres, que solo pueden ver esos dos o tres pasos que tienen delante, sin amplitud de criterios, que no saben ver más allá.


A esta actitud tan femenina se la llama reactancia, y explica muchos de los comportamientos de las mujeres. Por explicarlo llanamente, la reactancia consiste en hacer justamente lo contrario a lo que te indican que tienes que hacer, cuando sientes que alguno de tus derechos está siendo vulnerado. Y aunque nadie ya vulnere el derecho de las mujeres a vestirse como les de la gana, ellas siguen sintiéndolo así.


Las mujeres actúan dentro de esa dicotomía falsa e hipócrita, que no va con la naturaleza del ser humano ni con la naturaleza femenina, a menudo porque creen que eso es ser muy rebeldes, liberadas o feministas. Esta rebeldía de la que hablamos no es ni más ni menos que la expresión de la reactancia, y, no nos llamemos a engaño, está reactancia va estrechamente vinculada a la inmadurez de los adultos de hoy.


Muchas mujeres actúan de esa forma por rebeldía contra la Iglesia, como hemos explicado, pero también contra la familia. Quizás hayan crecido con padres muy estrictos, quizás militares o policías, que sobresalen en machismo, maltrato y mentalidades arcaicas en lo que respecta a la educación de los hijos. Esto se daba y se sigue dando mucho en estas profesiones.


Pero no necesariamente tienen que ser hijas de padres dedicados a las Fuerzas del Orden o similar. Es posible que solo fuesen padres estrictos o machistas sin más. Cuando una mujer crece en ese ambiente y finalmente puede empezar a tomar decisiones por sí misma, suele irse al otro extremo y hacer justamente lo contrario de lo que el padre le hubiese recomendado o permitido hacer, sin darse cuenta de que sigue jugando al juego. Es decir, tanto si se rebela contra la Iglesia como si se rebela contra su padre, le está siguiendo el juego al sistema desde el momento en que se va al otro extremo de la dicotomía.


Pues bien, entre estos dos extremos de esta falsa dicotomía hay algo que se llama dignidad, pero muchas mujeres no lo han podido comprender aún. Puede que ellas crean que están luchando contra esa dicotomía religiosa, contra los dogmas que les ordenan ser puras y castas, por lo cual deciden irse al otro extremo, sin darse cuenta de que solamente le están siguiendo el juego al sistema.


Si de verdad queremos seguir en el juego y buscar un opuesto que contravenga la imposición de la castidad, creo que ese opuesto debería ser una mezcla entre dignidad y libertad. Dignidad para no traspasar el límite del respeto por una misma, y libertad para ejercer la dignidad en todo contexto y circunstancia, a pesar de lo que te imponga el sistema en el que vives.


Ser libre no necesariamente significa ser una persona descuidada y sin dignidad, y es que hay que establecer límites incluso para una misma.

Siguiendo con las razones que explican el comportamiento poco digno, tenemos que admitir que hay muchas mujeres que son sexuales por naturaleza y que les gusta ser sexuales. Podemos pensar que tal vez nacieron así o las educaron así, pero, desgraciadamente, también podría deberse a que son supervivientes de abusos sexuales en la infancia, que, como sabemos, hipersexualiza a las víctimas.


Las mujeres sexuales por naturaleza tienen esa forma de presentarse ante el mundo; quieren presentarse como trozos de carne, como mujeres que son sexuales, que están ahí para lo sexual y nada más porque es como ellas se sienten mejor consigo mismas. Supuestamente así se sienten realizadas como personas, y sienten que están cómodas en ese papel.


Y aunque el objetivo final de este comportamiento sea, supuestamente, el hombre, en realidad es evidente que no lo hacen tanto por ellos sino por otras mujeres. Hablamos de mujeres muy competitivas que consideran que necesitan mostrarse así para ganar puntos en la competición con otras mujeres.

Otra cosa que las mujeres confunden es ser femeninas con ser sexuales. Por alguna razón, muchas mujeres se sienten más femeninas cuando se muestran más sexuales, sin darse cuenta del grave error que eso supone. Ser femenina y ser sexual son dos asuntos diferentes. Nuestras abuelas eran mil veces más femeninas que las mujeres de hoy y, sin embargo, no necesitaban mostrarse sexuales para expresar su feminidad.


En el extremo de esa forma de pensar encontramos que muchas de estas mujeres también hacen la vinculación entre ser muy mujer (lo que sea que eso signifique para ellas) y ser sexual. Es como decir que una mujer que no se muestra sexual no es mujer, o es menos mujer. Como si la mujeridad se pudiera medir en grados. No hace falta ir demasiado lejos para darse cuenta de que son argumentos basados en la competitividad femenina a la hora de seducir al hombre o llamar su atención.


Aquí tenemos a varios perfiles diferentes de mujeres que tienen en común que utilizan su cuerpo como reclamo para dar a entender lo que piensan, lo que desean o lo que son. En ese sentido, no estaríamos demasiado errados en pensar que gran parte de la expresión femenina se lleva a cabo utilizando el cuerpo, y usar el cuerpo como modo de expresión es una de las cosas más limitantes que existen para la mujer.


En el fondo, lo que estas mujeres están mostrándole al mundo es que no tienen dignidad. Aquella persona que necesita explotar su cuerpo para obtener deseos y beneficios, o para obtener cualquier otra cosa, material o no, es una persona que no tiene dignidad, y aquí estarían incluidas millones de mujeres.


Si de verdad una mujer desea protestar contra un sistema que siente que la está oprimiendo, sería más inteligente actuar desde el intelecto antes que hacerlo desde el cuerpo, pero sobre todo sería más inteligente cultivar la dignidad y ponerla en práctica.

Ánimo.



Puedes escuchar el podcast vinculado a esta entrada aqui.









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