De cómo el Covid-19 acabó con la humanidad

Esta es la historia de cómo un ridículo virus terminó sacando lo peor de nosotros





Si los seres humanos como especie hemos llegado tan lejos, es porque siempre hemos sabido actuar en comunidad. Si sobrevivimos a los miles de años que tuvimos que vivir en cavernas es porque desarrollamos conciencia de grupo y nos movíamos al unísono haciendo lo que fuera para sobrevivir en un entorno que nos era hostil.


Más allá de tener un maravilloso sistema inmunitario y un increíble sistema de supervivencia, lo que nos ha traído tan lejos es el conocimiento de que solos no vamos a ninguna parte; que no vivimos en grupos por casualidad y que nos necesitamos unos a otros.


Y sé muy bien que incluso estos argumentos están siendo utilizados hoy día para llevarnos a la situación insostenible en la que parece que quieren que estemos. Incluso algo tan humano como la conciencia de grupo ha sido manipulado de forma retorcida para convertirlo justamente en lo contrario. En esta entrada vamos a explicar justamente eso: Cómo la conciencia de grupo "humano" ha terminado convirtiéndose en la herramienta de destrucción de la grupalidad, y, por extensión, de la humanidad.


La empatía, la solidaridad, el amor por el prójimo son cualidades que vienen de forma intrínseca con la personalidad de una mayoría de nosotros. Y ahora, cuando toca de verdad demostrar que esas cualidades todavía caracterizan a las personas, lo que muchos demuestran es justamente lo contrario. Porque en las situaciones extremas es cuando cada uno se muestra como realmente es.


Al contrario de la absurda publicidad que se le está haciendo al comportamiento de las personas en los últimos meses, lo que observamos en las calles desde la aparición del Covid-19 es un aumento de la intolerancia, del caos, del pánico, y de la ignorancia. No vemos un aumento en la solidaridad ni en la empatía, sino más bien un aumento en la agresividad con la que nos tratamos unos a otros.

En las redes sociales todo es bonito. En este terreno muchas apelan al sentimentalismo y al infantilismo para convencernos a todos de lo maravilloso que es el ser humano; con sus pintadas virtuales llenas de corazoncitos y mariposas, afirmando que todos juntos seremos capaces de salir de esta. Pero la realidad es diferente. En las calles, en el metro y en las tiendas es donde la verdadera naturaleza del ser humano se muestra en toda su crudeza.


En nombre del bienestar del grupo, cada vez más personas se creen con derecho a agredir y a denunciar a otros. Este es un pseudoderecho artificial que ha sido imbuido en las mentes maleables de una población idiotizada. El mantra va como sigue: Para que el grupo esté bien es válido sacrificar al individuo. Nótese la incongruencia de estas afirmaciones: El grupo es un conjunto de individuos y sin individuos no hay grupos. Pero el “bienestar del grupo” es el nuevo eslogan sobre el cual se asienta el derecho a violentar a aquellos sospechosos de actuar de forma independiente. En pocas palabras, al que se atreve a ir sin mascarilla.


En ese sentido, el virus Covid-19 es una vara de medir que nos ha demostrado a muchos el auténtico nivel de humanidad y de inteligencia que nos queda en este planeta. Ha sido asombroso comprobar con qué facilidad nos han impuesto un estado de cosas insoportable y que escapa a toda lógica, y la facilidad con la que han podido implantarlo gracias a la docilidad mostrada por el ser humano. Cabe preguntarse de qué tipo de adoctrinamiento habremos sido víctimas durante los años previos a la aparición de este virus; me cuesta pensar que una población educada, libre, inteligente y con criterio y espíritu crítico pueda ser doblegada y subyugada con esta facilidad.


Pero vayamos al meollo del asunto. Muchos nos ponemos la mascarilla solamente porque tenemos miedo. Yo misma, por primera vez en mi vida camino por la calle con miedo al ciudadano medio. No hablo del violador, ni del atracador, ni de los chalados capaces de agredir a otros porque sí. Hablo de mis conciudadanos. De personas normales, o, por lo menos, de personas que parecían normales hasta la aparición del Covid-19.


También está el miedo a la autoridad, claro está. Muchos de nosotros tenemos más miedo de la policía y de las consecuencias legales de no obedecer las nuevas leyes dictatoriales, que de un virus de mierda que sabemos perfectamente que no nos va a matar. Pero por encima de esto está el miedo al aborregamiento de algunos. Tenemos miedo de que un robot idiotizado y empoderado nos agreda porque se crea con derecho a hacerlo.


Tenemos claro que nuestro adversario no es una persona versada e inteligente, con argumentos de peso y dispuesta a debatir. Muy al contrario; el adversario (si lo queremos llamar así) es una persona alienada, sin argumentos, que se limita a repetir eslóganes que inducen al pánico que ha sacado de las fuentes oficiales y de las redes sociales; que padece desequilibrios emocionales y que no tiene ni el más mínimo espíritu crítico.


Lo más gracioso de esta situación es que muchos de ellos tampoco tienen miedo del virus. Muchos no se han creído que les vaya a matar un virus de la gripe, como es lógico. No es eso lo que les empuja a actuar en contra de otras personas. Es la envidia. Es la mezquindad lo que lleva al borrego a exigirte que tú también seas un borrego: Si yo me tengo que poner la mascarilla, tú también te la tienes que poner.


No les molesta que algunos vayan sin mascarilla porque piensen que se vayan a contagiar de algo. Les molesta la valentía que eso conlleva. Les molesta porque se dan cuenta de que tú tienes algo que ellos no tienen ni van a tener nunca. Les molesta que demuestres tener los arrestos que hacen falta para desafiar a la autoridad; que tú sobresalgas por encima del resto; que no te comportes como un borrego; que te atrevas a hacer algo que a ellos les gustaría hacer, pero que no harán nunca porque son esencialmente cobardes.


Y fijaos bien en este fenómeno. Lo que estoy describiendo aquí es el arma de control poblacional más inteligente que hayan creado nunca las Agencias de Inteligencia del mundo. Y la más peligrosa para nosotros. Se trata del control que realizamos unos ciudadanos sobre otros. No necesitamos a las autoridades, ni a la policía ni a las fuerzas del orden. Todo eso sobra, ya tenemos al ciudadano medio observando, vigilando, reportando y denunciando a todos aquellos que se atrevan a pensar por sí mismos, a rebelarse contra la autoridad, a tener un mínimo de sentido crítico, o a utilizar la lógica en sus afirmaciones. Unos pocos meses cargaditos de mensajes adoctrinadores han bastado para volver a la mitad de la población humana en contra de la otra mitad. Y se lo toman en serio. ¡Que muera la lógica! ¡Abajo el espíritu crítico! ¡Muerte al librepensador!


Y, sobre todo: ¡Ponte la puta mascarilla!


En general, los seres humanos padecen de un complejo de superioridad enfermizo y patológico. Esto lleva a muchos a creerse el centro del universo y a considerarse extraordinariamente superiores al resto de especies que conocemos en nuestro planeta. Recibo muchas expresiones de ofensa cuando me atrevo a decir en voz alta que el ser humano no está tan evolucionado como muchos piensan. Pero el movimiento se demuestra andando y ha bastado la aparición de un virus supuestamente mortal para poner a cada uno en su lugar. Ha bastado eso para que muchos ejemplares de esta especie humana con complejo de superioridad se muestren como lo que son en realidad: Animales superiores, sí, pero tan dóciles al final, que pueden ser amaestrados de una forma sencilla, sin necesidad de una gran tecnología y sin demasiados esfuerzos. Una pantalla a través de la cual nos envían mensajes hipnóticos durante unas semanas basta para convertir a un ser humano en un idiota.


Este virus no acabará con la humanidad. Es decir, la humanidad no se extinguirá a causa de un virus de mierda. Ahora bien, este virus sí acabará con la humanidad. Y explico este absurdo: En su quinta acepción del término “humanidad”, la RAE dice: Sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas. Así pues, aunque los médicos, biólogos y virólogos de verdad ya nos han explicado que nosotros no vamos a extinguirnos a causa de este virus, sí podemos afirmar que la humanidad, en tanto que compasión de las desgracias ajenas ya está extinta. Y así es como un simple virus consiguió sacar lo peor del ser humano y terminó con lo único que nos diferenciaba de las bestias. Así es como consiguieron amplificar y deformar al extremo unos rasgos humanos que a estas alturas ya no deberían existir, si hacemos caso a todos aquellos que consideran al humano un ser superior.



Estamos llegando a momentos cruciales en nuestra historia. Aquí toca desmarcarse. Ha llegado la hora de que aquellos que todavía tienen un mínimo de sentido de la responsabilidad y un mínimo de espíritu crítico se manifiesten y se opongan claramente a que la idiotización de la población llegue al punto de no retorno. Necesitamos que los valientes y los inteligentes den ejemplo. Que cunda la ética. Porque somos humanos, no animales. Somos hermanos, no enemigos. Basta de destruirnos unos a otros por seguir las órdenes de quienes nos controlan. Porque podemos librarnos de cualquier enfermedad o pandemia sin necesidad de atacarnos y violentarnos unos a otros.


Existe una amenaza, sí, pero no es el virus. La auténtica pandemia es la difusión del odio al prójimo. Eso es lo que nos destruirá. Así pues, si de verdad te consideras humano, demuéstralo.




Puedes escuchar el podcast correspondiente a esta entrada aquí.

La Psicología Responde