Por qué los psicólogos no se enteran

Actualizado: mar 22

Solo la práctica clínica diaria ayuda a los psicólogos a dilucidar que su formación es deficitaria.




Muy a menudo vienen a consulta personas que han estado en terapia con anterioridad y que se sienten decepcionados con sus psicólogos. O bien han dejado la terapia muy pronto porque se daban cuenta de que el psicólogo no les podía ayudar, o bien, y lo que es más común, continuaron con la terapia hasta que esta pareció que llegaba a un punto muerto, momento a partir del cual ya no consiguieron sacarle provecho.

A veces aparecen ante mí personas cuyos traumas son perfectamente visibles a simple vista. Víctimas de abusos sexuales en la infancia; personas que han sobrevivido a las violencias físicas más terribles; supervivientes de los accidentes más peligrosos, y cuyas secuelas son tan evidentes que uno no tiene más que mirarlos atentamente, o intercambiar con ellos algo de conversación, para deducir lo evidente: que son personas traumatizadas. Sin embargo, uno de los argumentos más comunes entre ellos es que ya han visitado a diferentes profesionales y ninguno ha sabido ayudarlos apropiadamente.

De algún modo, la psicología somete a las víctimas de trauma a un peregrinaje incesante e inútil, de profesional en profesional, de psicólogo en psicólogo, que no ofrece ni garantías ni resultados, que agota a los usuarios, que les hace perder el tiempo y la confianza en la psicología, que puede incluso agravar los síntomas y las secuelas, y que los lleva, a veces, a tomar decisiones extremas o radicales, entre las cuales se encuentra el suicidio.

Una de las razones que llevan a este estado de cosas es que en la carrera de psicología no se estudia el trauma. No hay ningún país del mundo en el que se estudie el trauma en la carrera de psicología. Tampoco hay muchos másteres ni cursos de posgrado que formen a los psicólogos en trauma, y siendo el trauma la razón por la que una mayoría de personas vienen a consulta, el hecho de que los psicólogos no estén formados en ello hace que una mayoría de personas se encuentren con que la psicología no les puede ayudar.


Muchas personas creen que para estar traumatizado debes haber sufrido una experiencia muy impactante, o muy violenta. En realidad, el ser humano es muy frágil, y hay, literalmente, miles de experiencias en la vida de las personas que nos pueden provocar trauma. Para un niño, el divorcio de sus padres, sin ir más lejos, puede ser traumático. Evidentemente hay grados, y no es lo mismo el trauma que puede sufrir un niño por el divorcio de sus padres, que el trauma de un niño que está sufriendo abusos sexuales continuados durante siete o diez años. Igualmente, seguimos hablando de trauma en una mayoría de usuarios de la psicología.


Sin entrar en los porqués de que no se estudie trauma en las universidades, me gustaría señalar que este hecho aleja a los psicólogos de la realidad social. Finalmente, es la práctica clínica del día a día lo que hace que los psicólogos acaben deduciendo por sí mismos que les hace falta algo más, que hay algo que no les han enseñado, pero que necesitan, para poder dar respuesta a una mayoría de clientes que vienen solicitando asistencia. Aquí es donde vienen al rescate las terapias procesadoras de trauma.

La psicología somete a las víctimas de trauma a un peregrinaje incesante e inútil, de psicólogo en psicólogo, que no ofrece ni garantías ni resultados, que agota a los usuarios, que les hace perder el tiempo y la confianza en la psicología, y que puede incluso agravar las secuelas.

De entre todos los tipos de trauma que existen aquí insistimos siempre en la importancia y la recurrencia de los abusos sexuales en la infancia. Las agresiones sexuales en general son algo que tampoco se estudia en psicología pero que debería ser una parte importante dentro de los estudios sobre el trauma, que a su vez deberían incluirse de forma sistemática en todas las universidades. Y no sólo para los psicólogos, sino también para los médicos, los asistentes sociales, los abogados, los jueces, los profesionales sanitarios de todo tipo, los profesores, los policías y todo aquel profesional que trabaje con menores o con víctimas.

Un psicólogo que no está formado en trauma pasará por etiquetar a sus clientes dentro de los cientos de etiquetas de trastornos mentales que se supone que padecen las personas, sin ir al fondo del auténtico significado de los síntomas a los que corresponden esas etiquetas. Los expertos en trauma saben que la mayoría de esas etiquetas no son nada más que simples listados de secuelas de trauma o trastorno de apego de diferentes tipos. El estudio ACE, Adverse Childhood Experience, nos lo explica muy bien.


The Adverse Childhood Experiences (ACE)
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Hay que aclarar que no intento aquí desacreditar a mis colegas, sino más bien llamarles la atención sobre algo que muchos de ellos ya han deducido por sí mismos: que la formación que recibimos en las universidades es deficitaria. No culpen a los psicólogos; ellos se limitan a trabajar con las herramientas que han puesto a su disposición; no es extraño que no estén capacitados para tratar a una mayoría de ustedes.

Siempre insisto en la necesidad y la responsabilidad de los psicólogos de aprender todo lo que puedan sobre trauma y sobre las terapias integradoras y procesadoras de trauma. Insisto también en la necesidad de que sean los psicólogos los que comiencen a exigir que se les forme adecuadamente desde la universidad.

La formación en trauma es imprescindible y debería formar parte de las asignaturas obligatorias en toda carrera de psicología en todas las universidades del mundo. Solo así podremos empezar a asistir adecuadamente a esa mayoría de personas que nos solicitan ayuda por trauma.





Puedes escuchar el podcast vinculado a esta entrada aquí.



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